Lo que andamos buscando

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Hoy me enfrento a un post y la pantalla me parece más blanca que nunca. Será que tengo el brillo muy alto, que esto a veces se autorregula solo. O será que hoy quiero contaros cosas, pero no sé ni por dónde empezar porque tengo un cacao en la cabeza interesante, indicio de que está en obras, trabajando por su mejora. Y mientras, no sé cómo contaros de forma poco aburrida el día que descubrí que en el fondo, muy fondo, no soy la que creía. Contaros cómo el día que me hice madre, cambié para siempre sin saberlo. O salí a la luz, vete tú a saber, porque todavía no tengo las respuestas. Dadme tiempo.

El caso es que ya no sé lo que estoy buscando, si cole para Manuela o buscándome a mi misma. Os lo juro, así de snob y de petardo os lo cuento. Que no voy a hacerme yo ahora la que se baña en el Ganges al atardecer, pero la verdad es que nunca creí que al ir a buscar colegio para nuestra hija, me iba a embarcar en una aventura personal tan interesante (interesante desde el punto de vista de un experimento sociológico individual). Yo qué sé, soy de ciencias, y siempre me gusta ver qué pasa una vez que pasa algo.

1. Antecedentes

Javi (mi compañero) y yo venimos de planetas diferentes pero hemos ido al mismo colegio. Uno de esos de padres pogres, con mucha pana y rodilleras, patio de arena, sin libros y en los que bla, bla, bla. Ya os imagináis, que si me detengo esto se hace eterno. El caso es que siempre hemos tenido claro al unísono, como un milagro en nuestras diferencias, que queríamos un colegio así para nuestros hijos. Uno de esos en los que te hacen querer aprender. Y lo que era antes una entelequia de enamorados haciendo planes de futuro mirando la marea subir, cuando creíamos que los niños nunca tenían mocos y que con amor suficiente dormirían toda la noche del tirón en su cuarto mientras nos hacíamos carantoñas en el nuestro, se ha convertido en un compromiso de padres que tenemos que poner en marcha. ¡Glups!

Hasta ahora lo hemos ido consiguiendo con éxito, salvando las dificultades de un sistema educativo escuálido como hemos podido, pero se acaba infantil y en la escuela a la que va ahora no nos dejan que repita curso ininterrumpidamente hasta que cumpla los 16. Que tiene que avanzar en conocimientos o algo así, dicen. Que no puede estar leyendo poesía con Bernardo, haciendo taller de cocina con Sacra ni yendo al parque con Lorenzo eternamente con niños/as evidentemente más pequeños que ella, pese a que incluso a mi misma me apeteciera el plan con casi 40. Que no seamos pesados y que le busquemos un colegio apropiado a la niña, vaya. Y que no nos encadenemos al árbol del patio, que no va a servir para que cambien de idea. De llorar no han dicho nada.

2. El fraguar de una idea

Y en esas estábamos cuando llega mi amiga Marta, madre de dos niñas de la escuela, y me cuenta una movida de unos padres de Lavapiés que en un colegio han conseguido bla, bla, bla. Toma alpiste para los pájaros de mi cabeza. Y llegan los martes de padres y Ana la directora nos dice que las familias también podemos ser motores de cambio allí donde vayamos. Toma más alpiste para los pájaros de mi cabeza. Y luego llego yo y me junto con esta tal Marta, mi amiga, y no nos creemos ni por un momento que nuestra idea no es posible. Es que ni se nos pasa por la antesala del cerebro. O sí, pero nos da igual. Y yo doy de comer a sus pájaros y ella de de comer a los míos de ese alpiste que tan bien les estaba viniendo. Y con tanto pájaro, empezamos a ser muy ligeras y eso nos permite caminar.

3. El plan

La idea: encontrar EL COLEGIO. O en su defecto, encontrar el colegio que esté dispuesto a transformarse, entre todos, en EL COLEGIO. Colegios que se crean escuelas, profesores que se crean maestros, familias que se crean comunidad, chavales que se crean iguales, justicia que llegue a todos, educación que se crea pública, metodologías que se crean alternativas (mira que me gusta poco esta palabra), aprender que se crea divertido. Y en esas estamos.

4. Los encuentros

Así que investigando, investigando, hablando con Bernardo (el profe de nuestras hijas), éste y aquél, nos encontramos con esa escuela que buscábamos. De repente y sin esperarlo. Una caja de sorpresas. Una escuela que en la primera visita nos dejó a algunos abducidos, como luego nos dirían otros que quedaron en el camino. Y así conseguimos sumar a Bárbara, a Álvaro, a Julia, a Eva… a nuestro super plan de ataque. Si una persona puede cambiar el mundo, no os imagináis el poder que tiene un grupo. Porque el  mundo se cambia, eso lo sabéis, ¿no? Lo único es que hay que querer, claro. Y tener un plan. A ser posible, uno de los buenos.

5. Y la cabeza empieza a bullir

Hasta aquí, la parte bonita. La parte de “vaya birria de post que no tiene chicha”. La parte en la que lo del Ganges y lo de que no soy yo ni vivo sin vivir en mi todavía no tiene sentido. Y es que es ahora cuando empieza la cara B. ¿Hacéis este viaje de 20.000 leguas de viaje submarino a las profundidades con nosotros? Lo mismo nos encontramos en el fondo…

Laura

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